Todo empezó cuando yo nací...
Si alguien revisara mis archivos del 2009, probablemente pensaría que hubo un error administrativo… o un error en la Matrix. Ese año aparecía inscrita en Ingeniería Química en la UA de C, estudiando al mismo tiempo la Licenciatura en Danza Contemporánea y, por si fuera poco, una carrera técnica en Educación Artística. Todo eso en dos estados diferentes de México. Sí, yo tampoco entiendo del todo cómo pasó.
Mis papás se enteraron de mi inscripción a la Facultad de Artes Escénicas UANL literalmente un día antes del examen de admisión. Cuatro años después, seguía saltando de un salón a otro, de fórmulas químicas a ensayos, viviendo un sueño con sueño, persiguiendo camiones y sobreviviendo con horarios imposibles. No sé exactamente cómo logré graduarme sin colapsar en el intento (si me eché una que otra llorada), pero ahí descubrí algo importante: siempre he sabido construir caminos incluso cuando parecen imposibles.
Y quizá esa ha sido la constante de mi vida: moverme entre mundos que, en teoría, no tendrían por qué tocarse.
Acto I
Todo empezó en 1995, cuando tomé mi primera clase de ballet. Tenía cuatro años y, como muchas niñas, pensé que sería solo un pasatiempo. Spoiler: no lo era.
En 2001 ingresé a la Compañía Titular de Ballet Clásico de la UA de C y entendí que el escenario también podía ser una escuela. Ahí aprendí disciplina y la extraña habilidad de sonreír mientras los pies sufren en silencio.
Pero en 2008 algo cambió. Decidí entrar a Ingeniería Química porque quería entender el mundo desde otro lenguaje: el de la ciencia. Aunque, siendo honesta, mi cuerpo tenía otros planes. Ese mismo año terminé haciendo una residencia de ballet en la Escuela Laura Alonso, en La Habana, Cuba.
Mi mente estaba intentando memorizar formulas, pero mi alma seguía encontrando un lugar en los escenarios.
Acto II
En 2012 descubrí otro territorio que terminaría marcando mi vida: la docencia.
Mi primer gran reto frente a grupo fue en la Preparatoria 22 de la UANL. Y aunque al principio sentí más nervios que seguridad, algo hizo clic. Entendí que enseñar también era una forma de crear.
En 2013 me gradué con honores. Recuerdo perfecto ese momento: el título en las manos, las desveladas acumuladas y el flashazo mental de todas las veces que corrí detrás de un autobús para llegar a tiempo a clases. Ahí supe que todo había valido la pena.
Entre 2013 y 2015 aprendí a equilibrar la adultez, bailaba, daba clases y empezaba a entender que el arte dentro del aula no era un adorno sino una herramienta poderosa para transformar a la sociedad.
Acto III
El 2016 me cambió la manera de entender la danza. Entré al Diplomado en Danza Movimiento Terapia y descubrí algo: el movimiento también puede sanar. A partir de ahí, comenzó una búsqueda mucho más humana, ya no se trataba solo de ejecutar una técnica; se trataba de conectar.
Con esa inquietud nació en 2017 “A la mexicana”, una plataforma en redes sociales donde, junto a la artista Lissy Armendáriz, entrevistábamos artistas locales y documentábamos cómo el público vivía los eventos culturales. Fue una etapa llena de comunidad, muchas risas y amor por el arte.
Y entonces llegó 2018.
Como si bailar en el suelo ya no fuera suficiente, descubrí la danza vertical con la compañía Punto Fuga, en Monterrey, dirigida por la artista Gabriela González. Y literalmente terminé bailando en el aire. Nunca había sentido tanta libertad. El arnés dejó de ser un instrumento y se convirtió en una extensión de mi cuerpo. Descubrí otra dimensión para habitar el espacio.
En 2019 decidí formalizar toda esa búsqueda e inicié la Maestría en Artes Escénicas con acentuación en Pedagogía en la UANL. Ese mismo año también entré a trabajar como docente en Tecmilenio. Y aunque en ese momento no lo sabía, llegar ahí terminaría cambiando profundamente mi vida porque encontré un espacio donde mi voz tenía un lugar.
Acto IV
En 2020 el mundo entero se puso en pausa. Yo no pude.
Durante la pandemia creé mi primer videodanza y me certifiqué en Mindfulness. Supongo que, cuando todo afuera se volvió incierto, mi respuesta natural fue seguir creando desde mi departamento.
En 2021 rompí mi propia promesa de “ya no estudiar más” y cursé una Especialidad en Innovación en Tecmilenio. También exploré el performance con La noche de Micte, junto a la artista Claudia López.
Ese impulso creativo nos llevó a Claudia López, Karina Siller y a mí a colaborar en 2022 con el icónico Café Iguana para crear La Ruta del Mictlán: un recorrido cultural y artístico interactivo que nos enseñó muchísimo sobre gestionar arte en espacios independientes.
Después llegó un 2023 que podría resumirse en una sola palabra: resistir.
Y luego apareció el 2024 con el Diplomado en Artes Expresivas. Un proceso profundo, lleno de luz que terminó transformándome por completo.
Acto V
Hoy siento que habito el punto de encuentro de todas mis versiones anteriores. La bailarina, la maestra, la creadora, la estudiante eterna, la que improvisa rutas imposibles y aun así llega.
Actualmente inicié el Doctorado en Innovación Educativa en la Universidad de Pedagogía Aplicada para seguir explorando cómo el arte puede transformar la educación. Y, al mismo tiempo, curso la Certificación Internacional de Yoga por Yoga Alliance para volver siempre al origen.
No sé cuál sea la siguiente parada de este viaje.
Pero si algo he aprendido es que probablemente involucrará movimiento, creación, preguntas incómodas y una bonita costumbre de romper las reglas de lo imposible y construir algo nuevo.
Continuará…
Este camino se expande constantemente
Te comparto un documento con los cursos, talleres, diplomados que he tomado
